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¿QUÉ ES LA VIDA EREMÍTICA O DE DESIERTO?

“Eremita viene del griego “eremos”, que significa desierto. Designa a los que viven en el desierto, separados de todos. Esta palabra se acerca a otra: anacoreta, del griego “anacorein”, que significa retirarse, apartarse, irse al monte. Designa al que ha dejado el mundo; es un poco, sinónimo de eremita. Al contrario, cenobita, del griego “coinos bios”, es decir, vida común, designa como el nombre lo indica, al que lleva una vida en común.”  Entonces los anacoretas o eremitas vivimos en soledad y los cenobitas viven en comunidad con una vida organizada.

Se trata de una verdadera vocación, es decir, un llamado de Dios, pues es el Espíritu Santo quien toma la iniciativa de invitar a la persona al desierto, tal como lo hizo con Israel (Ex), con Moisés (Ex 3;19;24;34), con Elías ( 17,1-2;19), con Juan Bautista (Mc 1,1-8 p), con el mismo Señor Jesús (Mc 1,12-13 p), con San Pablo (Ga 1,17-18), etc. Así, Dios sigue llamando y llevando al desierto a muchas personas en el mundo entero, para vivir en su intimidad, en continua oración, en silencio y soledad, virginidad, obediencia, pobreza y ascesis, por amor a Dios y a toda la humanidad. A unos llama por períodos, a otros de manera permanente, y cada eremita acomoda su vida según su llamado y posibilidades.

Convertirse en un(a) solitario(a) por vocación, no es cosa fácil, es una locura para el mundo; una pérdida inútil de tiempo, para algunos ambientes cristianos; puede resultar incomprensible para los más cercanos; y para otros, en cambio, es lo más admirable… Quienes estamos llamados a la soledad, más allá de todos estos criterios, sin sucumbir por los contrarios -que más bien, hacen más dulce y profunda la soledad- ni envanecernos por los favorables, simplemente, con toda sencillez y sin responder nada, nos dejamos llevar por el Espíritu que siembra la ansiedad y el deseo apasionante que quema por dentro, de intimar con Él y que es más fuerte que todo y que nosotros mismos, y nos entregamos y consagramos con María, Madre del Silencio, a la Santísima Trinidad en esta vocación, en el seno de nuestra Santa Madre Iglesia, donde gracias a Dios, hay una gran diversidad de formas y estilos de vida consagrada, que el Espíritu Santo ha ido suscitando a lo largo de la historia; la vida eremítica, es pues, uno de ellos –y muy antiguo- y así lo reconoce la Iglesia. Sin embargo, éste no es exclusivo de la Iglesia Católica y existe antes que Ella: Lo han practicado otras religiones también.

DOCUMENTOS DE LA IGLESIA SOBRE LA VIDA EREMÍTICA.-

Consagración a Dios por medio de la vida eremítica y su dimensión eclesial.-

Se trata de una verdadera consagración a Dios, reconocida por la Iglesia:

  • “Los eremitas y las eremitas, pertenecientes a Órdenes antiguas o a Institutos nuevos, o incluso dependientes directamente del Obispo, con la separación interior y exterior del mundo testimonian el carácter provisorio del tiempo presente, con el ayuno y la penitencia atestiguan que no sólo de pan vive el hombre, sino de la Palabra de Dios (cf Mt 4,4). Esta vida ‘en el desierto’ es una invitación para los demás y par la misma comunidad eclesial a no perder de vista la suprema vocación, que es la de estar siempre con el Señor.” ( VC 7 2do párrafo)
  • “Además de los institutos de vida consagrada, la Iglesia reconoce la vida eremítica o anacorética, en la cual los fieles, con un apartamiento más estricto del mundo, el silencio de la soledad, la oración asidua y la penitencia, dedican su vida a la alabanza de Dios y salvación del mundo.

Un ermitaño es reconocido por el derecho como entregado a Dios dentro de la vida consagrada, si profesa públicamente los tres consejos evangélicos, corroborados mediante voto u otro vínculo sagrado, en manos del Obispo diocesano, y sigue su forma propia de vida bajo la dirección de éste. (CDC 603, 1-29)

“Además de los institutos de vida consagrada que comportan una forma asociada de vivir los consejos evangélicos, la Iglesia da un respaldo jurídico y público a dos formas concretas de vida consagrada no asociada: la vida eremítica y el orden de las vírgenes. Este reconocimiento jurídico, sin embargo, está sometido a ciertos requisitos. Por parte del eremita o anacoreta, que haga profesión pública de los tres consejos evangélicos ante el Obispo diocesano…” (C.D.C. comentario 603-604)

El catecismo, inclusive, no pone como condición, el profesar “públicamente” los tres consejos evangélicos, como lo hace el Código de Derecho Canónigo:

  • “Sin profesar siempre públicamente los tres consejos evangélicos, los eremitas, ‘con un apartamiento más estricto del mundo… (párrafo anterior del CDC)”. (CIC 920)
  • “Los eremitas presentan a los demás ese aspecto interior del misterio de la Iglesia que es la intimidad personal con Cristo. Oculta a los ojos de los hombres, la vida del eremita es predicación silenciosa de Aquel a quien ha entregado su vida, porque Él es todo para él. En este caso se trata de un llamamiento particular a encontrar en el desierto, en el combate espiritual, la gloria del Crucificado.” (CIC 921)

“Quiera Dios que todas las comunidades cristianas se conviertan en ‘auténticas escuelas de oración’, donde se ore para que no falten obreros en el vasto campo de trabajo apostólico. También es necesario que la Iglesia acompañe con constante solicitud espiritual a aquellos que Dios ha llamado y que ‘siguen al Cordero a dondequiera que vaya’ (Ap 14,4). Me refiero a los sacerdotes, a las religiosas y a los religiosos, a los eremitas, a las vírgenes consagradas, a los miembros de los institutos seculares, en una palabra, a todos los que han recibido el don de la vocación y llevan ‘este tesoro en recipientes de barro’ (2Co 4,7). En el Cuerpo Místico de Cristo existe una gran variedad de ministerios y carismas (cf 1Co 12,12), todos destinados a la santificación del pueblo cristiano. En la solicitud recíproca por la santidad, que debe animar a cada miembro de la Iglesia, es indispensable orar para que los ‘llamados’ permanezcan fieles a su vocación y alcancen el grado más elevado posible de perfección evangélica… De la santidad de los llamados depende la fuerza de su testimonio, capaz de implicar a otras personas, impulsándolas a consagrar su vida a Cristo… Precisamente desde esta perspectiva es sumamente necesaria ‘la adhesión espiritual al Señor y a la propia vocación y misión’ (Vita Consecrata No. 63)” (Mensaje del Papa Juan Pablo II para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones 2004).

Así la vocación eremítica, como entrega total, absoluta y exclusiva a Dios, en la vida oculta, solitaria, orante y caritativa, se desarrolla en el seno mismo de la Iglesia, es sostenida, alimentada e impulsada por ésta, a ella se debe y está enteramente a su servicio; tiene su vínculo de comunión eclesial a través del Obispo y del sacerdote que la dirige. Este es un punto de máxima importancia para los eremitas, pues amamos apasionadamente a la Iglesia y por eso nos sometemos obediente y amorosamente a Ella.

 

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