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“Como anhela la cierva los arroyos, así te anhela mi ser, Dios mío.
Mi ser tiene sed de Dios, del Dios vivo”
(Sl 42, 2-3)

Soy una peregrina que desde niña he buscado al Amor de mi alma, hasta que descubrí que dentro de mí hay un jardín cerrado donde Él me esperaba para hacerme suya y repletarme de la felicidad más grande del mundo.


Se me hace muy difícil hablar de esto, pero para dar gloria a Dios y sólo para eso, si en algo te puede animar mi camino para que en el tuyo encuentres al Único que puede llenar tu corazón y hacerte feliz, te comparto con sencillez y cariño, una historia de amor, donde Dios y la Virgencita son los protagonistas y únicos culpables de poder decirte hoy y con toda la boca llena de alegría, que me siento completamente realizada y feliz en el Amor de mi vida.

Mi vida antes de Cristo

Así como la historia del mundo se parte en dos con la llegada del Salvador, también la mía tiene un antes y un después a partir de mi encuentro con la Vida de mi vida que la transformó y le dio sentido. En realidad Dios ha estado siempre conmigo, pero yo no sabía que estaba con Él y eso hizo una diferencia tan grande como la que hay entre la vida y la muerte, entre la luz y la oscuridad, entre la amargura y la felicidad.


Mi nombre completo es María Margarita (yo me agregué “de Jesús”) Larrea Portilla. Nací el 28 de octubre de 1971. Fui bautizada el 1 de octubre de 1972, día de Santa Teresita, mi santa favorita, en la Iglesia de Santa Teresita, por voluntad de Dios y travesura de ella, quien me ha tomado a cargo siempre. Ahora tengo 43 años y puedo decirte que si hay algo que he hecho durante toda mi vida, ha sido buscar, soñar y desear lo que creo que todos buscamos: “la felicidad”.
Yo era una niña muy tímida, callada e insegura; desde pequeña premiada por Dios con el don de llevar sobre mí unas cuantas astillitas de enfermedad y muchas veces salvada por Él de la muerte, tal vez gracias a esas experiencias aprendí a saborear el dulce silencio que da la paciencia en el dolor.

Margarita de Jesús niñaDios me regaló los mejores padres, hermanos, abuelitos, familia; tuve una vida modesta pero sin pasar necesidades, un buen colegio, buenos médicos y todo lo que humanamente se puede necesitar para crecer “bien” gracias al esfuerzo amoroso y honrado de mis papis, Patricio y Lulú. Soy la mayor de mis hermanos, ellos son maravillosos y los amo entrañablemente, a mi hermano Gabriel le paso con 3 años y a mi hermana Bernarda le paso con 15 años, es como una hija para mí. Aunque todo esto tenía, una extraña tristeza y soledad acompañaban mi alma de día y de noche, una insatisfacción dolorosa, un vacío e infelicidad que no pocas veces me sacaba lágrimas. Recuerdo haber sentido esto desde más o menos los ocho años.


No sé en qué momento de mi infancia decidí inventarme una amiga imaginaria con quien compartir mi dolor y le puse el nombre de “María”, a ella le contaba todo lo que sentía. Poco a poco, iba experimentando una paz muy especial cuando hablaba con ella. Con el paso de los años, comprendí que una hermosa Amiga, muy real, escuchaba verdaderamente mis lamentos y consolaba mi corazón y se llamaba María, mi Madre amada, a Quien aprendí a amar profundamente en mi colegio gracias a las hermanas salesianas. Recuerdo que todos los días iba a la capilla del colegio a saludarle. De pequeña no sabía que Jesús Sacramentado vivía en el Sagrario, entonces iba solo por Ella. La imagen de María Auxiliadora era muy grande y estaba muy alta en la capilla de mi colegio, entonces yo solía cortar florcitas y tomando mucha viada, le tiraba hacia donde estaba la imagen, muy arriba para mí, o le escribía cartas, las quemaba, metía las cenizas en una fundita y le tiraba. ¡Cuántas basuritas mías encontrarían las monjitas cuando limpiaban la capilla! Desde ahí, Ella y yo éramos inseparables, confidentes, compañeras, mejores amigas y como Madre e hija nos unía la más dulce intimidad y confianza. Yo acudía a Ella para todo y soy testigo de su poderosísima intercesión, porque todo lo que yo le encomendaba a Ella, lo recibía de Dios, quien ahora sé que se complace tanto la oración de los niños.


Margarita de Jesús primera comunionEn realidad, mi vida espiritual giraba en torno a Ella, mi Virgencita; a mi Dios le amaba sólo con la voluntad, por ser Dios, pero mi relación directa con Él era escasa o nula, sólo lo encontraba en el prójimo desde que mi catequista de Primera Comunión, nos hizo hacer una hostia grande de cartulina y cada vez que hacíamos una obra buena, debíamos pegar un granito de trigo en ella, la idea era que el día de la Primera Comunión, pudiéramos presentar nuestra vida llena de obras buenas y yo trataba de esmerarme en eso lo más que podía. Disfruté muchísimo de mi Primera Comunión y de la preparación. Fue un 2 de Mayo. Me acuerdo que lloré toda la Misa y no había llevado pañuelo, tenía que taparme la nariz con el librito de oraciones. Tenía nueve años.


Mis sueños de niña eran los de casi toda niña: casarme y tener hijos. Me encantaba jugar a las muñecas, montar bicicleta, saltar elástico. También amaba el ballet y eso como que me sacaba un poco de mi tristeza interior, pero sólo pude estar tres años en ese arte porque sacaba malas notas en matemáticas y porque me descubrieron una escoliosis de la que me tuvieron que operar luego a los 16 años. A través de esa y otras operaciones, Dios fue moldeando mi alma.


La Confirmación la hice a los 11 años y casi no tengo ningún recuerdo ni conciencia de ese hermoso Sacramento. Luego en mi adolescencia, tuve un tiempo de dudas que nadie podía responder o tal vez no acudí a las personas adecuadas y empecé a creer en el horóscopo y en la reencarnación, sin embargo nunca dejé de orar a mi Virgencita.


En la primaria, por mi timidez, me era muy difícil tener amigas cercanas, me llevaba bien con todas, pero no intimaba con nadie, porque me daba vergüenza jugar, me daba vergüenza alzar la mano en clase, pedir permiso para ir al baño, sonarme. No es exageración: todo me daba vergüenza y esa vergüenza me encerraba en mi soledad y no me dejaba abrirme a conocer el mundo ni la gente hermosa que me rodeaba, siempre tenía 20 en conducta porque nunca hablaba.


En esa dolorosa soledad pensaba que para ser feliz, lo que me hacía falta era una mejor amiga. Mi Dios me regaló varias amigas maravillosas que lo son hasta ahora y a quienes amo mucho, pero el vacío seguía. Empecé a salir a fiestas, me encantaba bailar. Eran fiestas muy sanas, en las casas de mis compañeras y con vigilancia de sus papás, me divertía muchísimo bailando, pero el vacío en mi interior seguía. Entonces pensé: Para ser feliz necesito tener un novio y luego casarme. A los 16 años tuve mi primer enamorado hasta los 18, y ahí comienza el descubrimiento más hermoso de mi vida a partir de un gran dolor.


Como en ese tiempo yo no tenía casi ninguna relación con Dios y pensaba que para ser feliz lo que necesitaba era mi novio y formar luego una familia con él, puse en él mi corazón e hice que toda mi vida gire en torno a él. Vivía y respiraba por él, él era todo para mí y de Dios me iba alejando cada vez más. Eso, con todas las letras, se llama idolatría, y claro, como él era toda mi vida y todo mi mundo, cuando terminé con él, casi me muero, mi vida ya no tenía sentido, sólo quería suicidarme, pero no tenía valor, entonces dejé de comer, dejé de dormir, pasaba encerrada en mi dolor y lo único que quería era morirme. (Quiero hablar de este enamorado con mucho respeto porque era bueno y ya descansa en la paz del Señor, Dios le tenga en su gloria. Son errores que se comenten por buscar la felicidad en las personas y no en Dios y yo asumo toda mi culpa).


Mi vida después de Cristo


Mis queridísimas amigas, viéndome en ese estado, me sacaron a la fuerza al cine, donde vi “Nacido el 4 de Julio”, película de la guerra en Vietnam, tomada de la vida real. Esa película me movió el piso. Me cuestionó mucho que una persona que había matado a su mejor amigo, que había quedado sin pierna y que había pasado por el horror de la guerra, a su regreso se dedicara a trabajar por la paz... y yo... muriéndome por un hombre a mis escasos 18 añitos. Eso sacudió mi mente, pero no mi corazón que seguía destrozado por ese y otros motivos más. Hasta que unos meses después, en la casa de mi abuelita, un glorioso día del Señor, caminando por el corredor, entró la luz en mi corazón y comprendí con mi corazón, valga la redundancia, lo absolutamente bruta que era. Yo decía que tengo a Dios, pero ese día supe que era mentira, porque me di cuenta que si lo tendría, tendría todo para ser feliz. Entonces, con mi fe rudimentaria, dije unas palabras que no tenía idea de su alcance ni de su profundidad, no podían venir de mí, debe haber sido, con toda seguridad, mi dulce Espíritu Santo, Quien las puso en mis labios. Le dije: Dios mío, te prometo que de hoy en adelante, voy a vivir sólo por vos y para vos y nunca más nadie ocupará tu lugar en mi corazón.


Apenas pronuncié esas palabras, mi corazón se dio la vuelta y algo pasó en mí, seguía enferma, seguía sintiendo dolor, pero tenía una extraña felicidad que nunca había sentido antes. En ese momento mi Señor cumplió en mí esta Palabra: “Cambiaré su duelo en regocijo, los consolaré y aliviaré su tristeza” (Jr 31,13). Ese día volví a nacer y aprendí, después de muchas lágrimas, desencantos y dolor, que la felicidad que yo buscaba no estaba ni en mis amigas, ni en mi novio, ni en nada más que en Dios. ¡ENCONTRÉ LO QUE BUSCABA! Lástima que no me acuerdo la fecha, sólo sé que tenía 18 años.


Cuando dije eso, jamás estuvo en mi mente la idea de hacerme monjita ni nada parecido, pero mis planes eran irme a Italia a estudiar diseño de modas, ponerme un taller de eso donde pudiera ganar bastante para ponerme un orfelinato y no quedarme con las ganas de tener muchos hijos, porque casarme ya no quería ni de lejos, es más, juré por Dios no volver a ver un hombre en mi vida, vivir sólo para Dios, pero no como consagrada.


Entonces fui a confesarme y empecé a buscar a Dios con desesperación, pero no sabía cómo encontrarle, le pedía ardientemente que me dé algo donde pueda conocerle y como “el que busca encuentra” según su Palabra, al poco tiempo conocí un chico maravilloso en el cumpleaños de mi amiga Lore, Jorge, mejor conocido como “Paquete”. Me llamó la atención porque en un cumpleaños pagano, él hablaba de Dios y cantaba a Jesús. Nos hicimos amigos, él iba a visitarme y yo le sentaba en la sala tardes enteras haciéndole preguntas y despejando todas mis dudas sobre la fe. Él con mucha paciencia y caridad me explicaba todo y me instruía, así, poco a poco, nos fuimos enamorando y rompí mi juramento, pero fue providencial y le doy gracias a Dios, porque con él conocí el amor verdadero y hermoso, donde Dios es el centro de los dos y no el uno del otro, donde nadie tiene que hacer feliz al otro, sino donde Dios es la felicidad de los dos y se comparte esa felicidad, donde todas las decisiones se toman en base a la Voluntad de Dios y todo el tiempo se dedica a amarle y servirle juntos y eso es lo que une y alimenta el amor. Yo tenía 19 años y estuve con él hasta los 22. Casi todos los días íbamos a Misa juntos, rezábamos el rosario juntos, visitábamos viejitos, íbamos al grupo juvenil que él dirigía, etc., así se desarrollaba nuestra vida, y nuestro amor crecía desde el Corazón de Dios, en la transparencia, la sinceridad, la pureza, la alegría, la bondad, el respeto. Él se me declaró en la capilla que había en la Galería Exedra, y lo primero que hicimos es poner nuestra relación en las manos de la Virgencita y pedirle que si la Voluntad de Dios era que nos casemos, que nos lleve a un matrimonio santo y agradable a Dios, y si no era esa nuestra vocación, que nos muestre el camino y mantenga nuestra linda amistad en Dios.


Disculpen que les cuente todas estas cosas tan personales, lo hago a propósito por dos motivos:


1. Porque quiero gritar al mundo entero que el amor es sagrado porque viene de Dios que es Amor, que en Él todo es tan diferente, diáfano, puro y hermoso y que nosotros los cristianos, estamos llamados a mostrar al mundo ese verdadero rostro del amor y ser muy valientes para ir en contra corriente en un mundo que nos presenta todo lo contrario como si fuera “normal”. Eso me da mucho dolor: hoy en día muchas personas han dejado de tener conciencia de ser seres con sentimientos, con voluntad, con el valor de hijos preciosos de Dios hechos a su imagen, templos de su Espíritu y se han convertido en objetos de uso: Los hombres usan a las mujeres y viceversa, se vacila con cualquiera como si la otra persona fuera como un helado que se toma y se bota el palo, como dice el Papa Francisco, estamos en la cultura del descarte: ya te usé, te descarto y te cambio por otro cuerpo, como si fuéramos una cosa más en esta sociedad de consumo que consume también relaciones al gusto del consumidor: si me gustas o me da ganas te uso... y así, se profanan los cuerpos, se lastiman las almas y se vuelve todo una feria y se aborta y la vida corre en un sin sentido y en un vacío utilitarista donde lo que prima es el instinto, el placer, el egoísmo, y... oh dolor... a eso se le llama “amor”. Eso, que ahora es “normal” porque “todos lo hacen”, en realidad es abominable, las personas tenemos sentimientos y valor, no somos objetos de uso.

2. Y porque si tú, joven o mayor, estás buscando un amor, quiero invitarte a rechazar esa farsa y decirte que en un mundo así, sí es posible tener una relación santa, pura, honesta, hermosa y amar de verdad, entrañablemente y tener un solo corazón con alguien en Dios. Que el amor verdadero está en su fuente, que es Dios y cuando lo encuentras, cuando Dios es el Amor de tu vida, encuentras tu tesoro, tu felicidad, tu realización, entonces cada cosita queda en su lugar en tu corazón: amas a tu pareja, sí, pero no mendigas su amor; entregas lo mejor que tienes:tu Dios, pero en libertad, sin apegos ni posesiones; compartes la felicidad que sientes pero sin esperarque nadie te haga feliz a ti porque ya lo eres en Dios y vives tan firmemente cimentado en eso, que se convierte en tu Verdad, en tu Vida, en el Centro en torno al cual gira toda tu existencia, de tal manera y con tal pasión que estás dispuesta/o a perder todo con tal de no perder a Dios, y no al revés: dejar a Dios y tus convicciones de lado por no ser mal visto o criticado, por no perder un amor, por no perder el puesto, la atención, la fama, la “amistad”, etc...


...Si ya te ha pasado, no te angusties, vuelve a empezar, Dios no ha dejado de esperarte y tiene sus brazos abiertos para ti, dale el lugar que le corresponde en tu corazón, y date a ti mismo el lugar que te corresponde también, para que quien se te acerque buscando alguna relación contigo, lo haga como quien se acerca al tesoro que tú eres como hija/o de Dios,valorando tu esencia, respetando tu prioridad y tus convicciones cristianas, lo que debes dejar en claro desde el primer momento, porque si das a Dios su lugar en tu vida, Él, que es fiel, guardará tu corazón y bendecirá tu existencia.
Te comparto mi secreto: Le he pedido a la Virgen María, que todos los hombres que me miren, puedan verla a Ella en mí. Funciona muy bien, te lo recomiendo, claro, para eso no hay que mostrar lo que Ella no mostraría; y si eres hombre, puedes pedirle a Jesús que las mujeres que se fijen en ti, puedan admirar en ti la hermosura y la pureza de Jesús. Sabes, estoy convencida de que la belleza de las personas está en el corazón y un corazón bello puede reflejar más belleza que un exterior atractivo y esa es la belleza duradera por la que hay que optar para escoger al compañero/a de tu vida, todo lo demás es engañoso y pasajero.


Qué bello sería si todos nos enamoráramos de la pureza, miráramos con pureza, pensáramos con pureza, sintiéramos con pureza, habláramos con pureza. Volveríamos a ser como niños, recuperaríamos la inocencia original con la que Dios nos creó y Él se gozaría tanto en habitar en un corazón así. ¿Quisieras darle ese gusto a Dios?


Bueno, volviendo a la historia, después de un año de enamorados, me propuso matrimonio y con mucha ilusión empezamos a comprar las cositas para el nuevo hogar, empezando por un Crucifijo y una imagen de la Virgen, y claro, como mi ilusión más grande era tener doce hijos, lo siguiente que compré fue pañales, y empecé a tejer chambritas y a preparar una cuna... Hasta que un buen día, salimos al centro de Quito a comprar un nacimiento, al pasar por el claustro de las Concepcionistas y ver yo esas paredes tan grandes, le pregunté a mi novio qué era eso, me explicó y me contó los milagros que se habían dado ahí y cómo vivían esas monjitas, lo que despertó una gran admiración en mí y –una vez más– sin pensar en el alcance de mis palabras, le dije: Sabes, si no me casaría contigo, me haría monjita. A lo que él me respondió: Cuando estaba en el colegio también había pensado en ser sacerdote, pero no lo he vuelto a pensar...


... Pues desde ese día, casi no teníamos otro tema de conversación: Tú curita y yo monjita o nos casamos. Al principio lo hablábamos muy deportivamente, pero eso fue tomando forma y fuerza, hasta llegar a cuestionarnos seriamente cuál era la voluntad de Dios para nosotros.


Pasamos dos años en ese discernimiento, mientras seguíamos preparando las cosas para el matrimonio. El dilema era muuuuuuy difícil porque realmente estábamos enamorados y queríamos casarnos, no teníamos duda de eso, pero también yo me había enamorado perdidamente de mi Jesús y cada día le amaba más y eso me hacía corto circuito, porque cuando fui a consultar a mi director espiritual: el Padre Higinio, y le dije que quería casarme con los dos, me dijo que no se podía, que debía escoger uno de los dos. ¡Gran dilema! ¡La decisión más difícil de mi vida! Muy difícil porque yo no quería equivocarme: Si me casaba, quería que sea para siempre, y si me hacía monjita, también debía ser para siempre.


Honestamente, en mi corazón quería las dos cosas y no sentía preferencia por ninguna, las dos opciones me alucinaban, sólo necesitaba saber lo que Dios deseaba para dar el paso porque yo estaba verdaderamente enamorada de los dos.


Te contaré cómo me enamoré de mi Jesús:


Cuando ya empecé a caminar en Dios, tenía un gran dolor en mi corazón, y era que sólo sentía amor por la Virgencita y no por Dios, como te decía, le amaba con mi voluntad, pero no sentía ni una cosquillita por Él y eso me hacía sentir muy mal. Ya había recibido formación y sabía que el primer lugar no era para la Virgencita, sino para Dios, pero por más esfuerzos que hacía, no lograba sentir nada, y aunque sabía que sentir no es lo más importante, sí quería amarle con todo mi corazón. Un día muy feliz, fui a Misa en la noche. Antes de entrar a la capillita de la que te hablé, miré al cielo y vi en un hermoso cielo despejado, una única nube que tenía la forma de la silueta de la Virgencita. Me quedé largo rato mirando y esa misma nube se fue difuminando y tomando la forma de una cruz. Me quedé embelesada un raVirgen Maria y el Santísimoto y subí a la Eucaristía, pero la verdad es que no estaba poniendo atención porque estaba distraída pensando en la nube que vi. Entonces, escuché en mi interior una voz que me dijo: Escucha al sacerdote. En ese momento el padre estaba diciendo: “A Jesús se va y se vuelve por María”. Con lo que vi y con esa frase que calzaba perfecto con el mensaje que me daba la nube, fui a dormir. Al acostarme le dije a mi Mamita: Virgencita, mira lo que dijo el padre. Yo quiero amar a Jesús y no puedo, por favor, si a Él se va y se vuelve por Ti, te ruego que me regales el mismo amor que Tú le tienes, yo quiero amarle como Tú le amas... Y me dormí... Al día siguiente, cuando abrí mis ojos, sentía que me iba a reventar de amor, era un amor que me dura hasta el día de hoy y que se me salía por los poros, que no me alcanzaba en mi cuerpo, que me hacía estallar en lágrimas de gozo, de felicidad, de amor, un amor indescriptible y nunca antes sentido, algo que me hacía saltar de alegría y a la vez me sumergía en una profunda paz.


Por eso yo digo que mi Mamita es la culpable de mi felicidad y de todas las cosas maravillosas que me pasan, porque Ella me dio a Quien me hace feliz. Desde ese día Jesús es mi todo, mi centro, mi gran Amor, pero Él deja siempre que las gracias más lindas, me sigan viniendo por las manos de su Madre y para que no me quepa duda, siempre me las da en los días de sus fiestas o sus vísperas. Son los detalles de Ellos que trabajan en equipo y que donde está Él, necesariamente está Ella, porque tienen un solo corazón.


Más o menos desde esta época, y aún un poco antes, empecé a beber de la espiritualidad Eudista, que ha marcado mi vida, a través de mi Padre Higinio y de muchos otros sacerdotes Eudistas que me han hecho tanto bien y a quienes amo tanto.


Cómo no agradecerte, mi Señor, por cada uno de ellos y por mis otros entrañables sacerdotes que han sido mis directores espirituales antes de mi Padre Higinio: El Padre Fernando Rea, que en paz descanse, el Padre Alfonsito Egüez, el Padre Fernando Peraza, que en paz descanse también; hombres de Dios, maravillosos, santos, ejemplos vivos que me hicieron palpar tu amor, tu cercanía, tu ternura, con sus consejos, con los sacramentos, con su manera de acompañarme. Bendíceles y abrázales en el cielo y en la tierra, así como a tantos otros que no menciono su nombre, pero que han sido hermosos pastores que me han dado a Ti en cada Eucaristía, Reconciliación, amistad y cariño. Cúbrelos con tu Amor a todos ellos que los pongo en tu Corazón.


Jesús: “mi Maridito”


Maria MArgarita con el sacerdoteBueno, para no alargarte el cuento, después de dos años de discernimiento, tomamos la decisión de no casarnos, cuando ya tenía yo mi vestido de novia casi terminado, la fecha escogida, los nombres de los hijos elegidos y muchas cositas compradas.
En la misma capillita donde él se me declaró, donde teníamos el grupo juvenil y donde vivimos tantas cosas bellas, tomamos la decisión vocacional con la guía de mi muy querido Padre Jorge Córdova, quien, ahí mismo, frente al Santísimo nos hizo entregar nuestra renuncia al matrimonio, entregarnos a Dios y sellar esa ofrenda con el último beso de amor. Desde ese día hermoso, 22 de febrero de 1994, uno de los más felices e importante sde mi vida, yo soy toda de mi Jesús adorado y Él es todo mío, (cf. Cnt. 2,16) es mi Maridito amado y yo soy la esposa más feliz del mundo. Nada en la vida me ha hecho más feliz que pertenecerle únicamente a Él en cuerpo y alma, y esa es mi identidad, más que mi cédula o partida de nacimiento, ese es el sentido de mi vida, esa es mi verdad y mi cimiento.


Claro que, como puedes imaginarte, en ese momento teníamos el corazón lleno de sentimientos encontrados: Por un lado un gozo y una certeza con una gran paz y por otro, un dolor muy grande también por renunciar a tantas ilusiones y a un muy grande amor. (Mi novio, después de algunos años de esto, discernió que su vocación sí era el matrimonio, ahora está casado y tiene un hogar feliz).


Cuando el Padre Jorge me preguntó que cómo me sentía, le dije: Estoy muy feliz, pero me duele mucho no ser mamá. Él me dijo: Dios nunca violenta los deseos más profundos de nuestro corazón. Mira, yo era cantante de rock y mi sueño dorado era cantar ante una multitud de personas; renuncié a eso para ser sacerdote y ahora que soy sacerdote, canto ante una multitud de personas, pero canto para Dios. La Virgen María pensaba ser virgen y Dios le pidió que sea la Madre de su Hijo, pero le dejó que siga siendo virgen. Si a ti te pide que seas virgen y tú querías ser madre, Él te dará muchos más hijos de los que hubieras tenido si te casabas.

Yo guardé esas palabras en mi corazón y después de muchos años, veo cómo mi Señor las ha cumplido con creces. Ustedes son parte del cumplimiento de esa promesa, para la gloria de Dios.


Después de unos meses de esta decisión, yo tuve una fuerte crisis: Estaba muy feliz de haber sido llamada, pero si veía a una embarazada o a un bebé, se me iban las lágrimas y mi corazón se volvía una uva pasa.


Una noche, llorando, le decía a mi Señor: No pienses que no estoy feliz, estoy muy feliz de ser tuya, me encanta, pero no puedo evitar el dolor de no ser mamá, me duele demasiado. Entonces tomé entre mis manos una imagencita del Niño Jesús, le besé y se me ocurrió la gran idea, le dije: Ya sé lo que vamos a hacer: Te voy a adoptar, no sólo vas a ser mi Esposo, sino también mi Hijo. Y abrazada a esa imagen, llorando, me quedé dormida en el piso por una o dos horas. Cuando me desperté, tenía la impresión de que en ese momento acababa de nacer, estaba nuevecita, ya nada me dolía, nada me afectaba, todo era felicidad y gozo en mi corazón. Hasta ese día sufrí por eso, a partir de ahí, mi Jesús fiel, sanó mi corazón y podía disfrutar de todas las panzas que veía y abrazar bebés sin ningún dolor, con un corazón sanito y feliz. Cuando el Señor nos pide algo, nos da todas las gracias necesarias para vivirlo. No hay que temer al dolor y a las lágrimas, a los problemas y contradicciones, sólo hay que abandonarse y esperar en Él, que a su hora, Él lo hace todo perfecto. Bendito sea mi Amor Jesús, mi Rey, el Dueño de mi corazón, que sabe cómo sanar lo que es suyo, el Esposo más delicado y bello que puede existir.


A partir de ahí, comenzó la hermosa aventura de seguir a mi Esposo a donde quiera que vaya y alimentarme de su Amor cada día, sintiendo la dicha más grande del mundo...
Un largo camino que no ha terminado, pero que tomó siete años más hasta descubrir mi verdadero llamado... Ya estaba dado el “sí”, ahora, dónde y cómo...


Mi Padre Higinio quería hacer un centro de espiritualidad atendido por personas consagradas, fue lo primero que se cruzó en mi camino. Me puse a las órdenes y comencé como laica consagrada el 25 de febrero de 1995, junto con mi hermana Françoise, muy querida. ¡Qué aventuras, Dios mío! La niña tímida que no se atrevía a hablar ni a aparecer, ahora tenía que dar catecismo a tandas de 200 conscriptos grandotes y fornidos, con mi frágil y quebradiza voz y mi guitarra, viajar en camiones entre gallinas y chanchos, atender el despacho parroquial, preparar catequistas, dar cursos pre-bautismales, pre-matrimoniales, y peor aún, animar las alabanzas en los retiros que daba el Padre Higinio. Recuerdo con chiste, que yo huía a esconderme en el cuarto con el pretexto de planchar las albas y purificadores para la Misa, y mi Padre Higi me sacaba casi de la oreja, pero muy delicadamente, y me mandaba a animar. Eran las obediencias que más me costaban, pero qué bien me hicieron para vencer mi timidez, que aún la tengo pero ya la logro manejar.


Dos años en el Centro de Espiritualidad “Salve María” y un año en “Emaús” colaborando con mi muy querido Monseñor Raúl Vela, en ese entonces Obispo Castrense, ahora nuestro Cardenal.
Esos tres años como laica consagrada, fueron una luna de miel: Me encantaba escaparme a orar en el hermoso prado o en el río de ese campo bello que fue testigo de mis amores con mi Jesús, horas dulces que parecían segundos y siempre quería más. Ese “más” me daba conflicto, porque sentía una sed ardiente de estar más tiempo en soledad, en silencio, en oración y no me era posible, tenía una sensación extraña, como una certeza de que Dios me pedía algo que yo no sabía lo que era, Él llenaba mi  el que sólo me sostenía una experiencia fuerte que tuve al orar Is 49, en la que mi Señor puso en mi corazón la seguridad de que debo esperar en Él porque Él tiene sus planes, ocurrió la explosión de las Balbinas (julio-97), en el preciso momento en que los conscriptos que catequizábamos, estaban confirmándose. Milagrosamente salimos ilesas, sólo tuve una conmoción cerebral por un pedazo de techo que me cayó en la cabeza y un problema de oído, motivo por el cual tuve que guardar reposo algún tiempo, situación de la que se sirvió mi Señor para enseñarme a confiar en Él, a abandonarme y a estar abierta y dispuesta a todo.


Al confrontar este llamado con mi director espiritual y después de un discernimiento, me sugirió que hiciera una experiencia en la Congregación del Buen Pastor para ver si mi búsqueda se veía saciada en la Vida Religiosa. Entré a la Congregación del Buen Pastor el 25 de abril de 1998, Congregación que amo mucho, así como a cada una de mis hermanas, a quienes tengo inmensa gratitud por todo el gran bien que me hicieron. Ahí, aunque tenía más espacios para orar, curiosamente, la sed, en lugar de saciarse, iba tomando forma y haciéndose más fuerte: Yo anhelaba una vida de soledad, silencio, oración continua y algún apostolado pequeño, que no me ocupara más que un poquito de tiempo. Muchas veces me sorprendía soñando con una vida así, pero me parecía una locura, algo imposible, una tentación que me sacaba de mi realidad y luché muchísimo contra eso, pero esa atracción era más fuerte que yo, era como un imán irresistible. Pensé que no debía pasar al noviciado con todas esas dudas en mi corazón, pero el Padre Higinio me dijo que dé el paso porque allí el Señor me mostraría lo que debía hacer.


Efectivamente, en el noviciado, tuve un profesor de vida consagrada que nos mandó de deber hacer un resumen de la historia de la vida religiosa. A nosotros nos tocó los siglos XI y XII. Por varias ocupaciones no podíamos reunirnos con mis compañeras a leer el documento, así que para adelantar, me encerré en mi cuarto a leer... ¡Y oh sorpresa! No podía creer lo que veían mis ojos: Encontré lo que tanto buscaba: Lo mío no era una tentación, era una vocación, y no estaba tan loca o habían otros locos como yo. Mi llamado era a la vida eremítica. Lo que yo anhelaba tenía nombre y tenía historia en la Iglesia, más aún, eran de las primeras vocaciones que existieron, más o menos desde el siglo III. En ese documento se describía los diversos tipos de eremitas que había. Me tiré al piso a llorar agradecida y gozosa. En seguida pedí permiso para ir a mi dirección espiritual y mi Padre Higi compartió mi gozo y me dijo que sí era por ahí. Le pedimos al Señor que nos confirme.


Para esto, venía a mi mente la palabra pustinia”. Yo no sabía lo que era, pero sí sabía que a mi novio le había oído hablar de eso. Un poco después, sin pensarlo ni planearlo, nos encontramos en el bus y le pregunté por esa palabra. Me dijo que era un libro y me lo regaló. Lo tenía en el noviciado sin tocarlo. Un buen día, en un retiro, donde nos dieron por tema los discípulos de Emaús, le decía a mi Señor: Señor, lo único que te digo, es que siento,como los discípulos de Emaús, arder mi corazón, pero por una vida de silencio y soledad para estar contigo en oración. Por la tarde sentí un fuerte impulso de coger ese libro y estuve algún rato luchando contra ese impulso, hasta que me venció, lo tomé y lo abrí al azar, donde lo abrí decía que pustinia en ruso significa desierto y que pustinikki eran “personas que en su interior ardían por estar solos con Dios y rodeados de su inmenso silencio... El pustinik gime postrado en tierra, esperando que Dios le explique, como hizo con los discípulos de Emaús, lo que Él quiera. Todo lo que sabe es que su corazón también arderá dentro de él, como les sucedió a los discípulos.” (Pustinia pag 37.41) . Era increíble, con las mismas palabras con las que oré en la mañana, en la tarde, mi hermoso Maridito me confirmó que esa era mi vocación y que Él me había creado con corazón de pustinik. En ese momento se armó mi rompecabezas y entendí muchas cosas que había vivido y sentido, toda iba cobrando sentido.


Mi tierra prometida: La ermita
Por eso voy a seducirla; voy a llevarla al desierto y le hablaré al corazón.
Y sucederá aquel día - oráculo de Yahvé - que ella me llamará: ‘Marido mío’.
Yo te desposaré conmigo para siempre, y tú conocerás a Yahvé.”
(Os 2, 16.18ª.21ª.22b)

Esta invitación al desierto, como dice esta lectura de Oseas, era en mi corazón como una declaración de amor. Sentía una manera especial con la que mi Amado me quería desposar con Él, aunque ya era mi Esposo, pero era como profundizar o formalizar nuestras nupcias en una vida mucho más íntima con Él. Entonces se me ocurrió una loca idea, le dije: Yo me entregué a Ti, mi Señor, de una forma válida y definitiva, pero nunca he hecho formal y oficialmente mis votos. Creo que Tú me permitiste coser mi vestido de novia, no para casarme con un hombre, sino para este momento de mi vida. Sí, me lo pondré para entregarme a Ti en esta vida íntima a la que me estás invitando. Así que el 29 de julio del 2000, año jubilar, en una hermosa Eucaristía sólo con el Padre Higinio y tres personas que mi Señor permitió que me acompañaran, vestida de novia me ofrecí a mi Esposo en una vida de silencio y soledad para dedicarme a la oración,y pinchando mi dedo, firmé mis votos privados con una gotita de mi sangre.


Mis queridas hermanitas del Buen Pastor me dieron la oportunidad de vivir mi vida eremítica dentro de la congregación, con un gran detalle del amor de mi Señor: La casa donde comencé mi vida eremítica, era una casa para madres solteras que se llama: “María de Belén”. En Belén, con mi Madre María, di a luz esta vocación. Fueron siete meses maravillosos, donde quedó absolutamente confirmado, ya en la práctica, que ese era mi llamado. Luego al confrontarlo con el consejo general, ellas resolvieron que según el Código de Derecho Canónico, los eremitas deben depender directamente del Obispo del lugar, por lo tanto el proyecto no podía depender ya de la Congregación.


Así, desde el 16 de marzo de 2001, pasé a obediencia del Señor Arzobispo, en ese entonces el Cardenal Antonio González, quien aprobó por escrito tanto mi experiencia como la guía del Padre Higinio Lopera, sabio, prudente y santo director espiritual desde hace tanto tiempo. Comencé esta nueva etapa en Tumbaco, en una casita de campo que me prestó mi abuelita, bastante destruida, sin agua ni luz, era casi una bodega donde yo tenía que saltar por encima de todas las cosas que estaban embodegadas para llegar a mi cama.


Margarita de Jesús y Blanca Nieves¿Me permites contarte una anécdota? Esa casita vieja parecía casita de cuentos y unos niños de una escuela cercana tenían la costumbre de ir, desde antes que yo viviera ahí, a tirar piedritas y decían que es la casa de Blanca Nieves. Como no había agua, yo andaba siempre con mi baldecito para llevar agua del pozo al baño que daba a la entrada de la casa. Vestía siempre como hasta ahora, una túnica café y un delantal rosado. Un día, mientras estaba en el baño, escuché que pasaban por la calle un niño con su papá y le decía: Papi, aquí vive Blanca Nieves. El papá le decía: No, mijito, eso es un cuento. Precisamente en ese momento yo salgo con mi balde del baño... y el niño grita emocionado: Viste papi, yo te dije, ahí está Blanca Nieves. Jajaja.
Pues al día siguiente, llegó con otros niños más que gritaban: Señora Blanca Nieves, salga por favor. Cuando salí, les invité a pasar, y asustaditos me decían: ¿Pero... sí nos va a dejar salir? Querían ver a los enanitos. Les ofrecí presentarles a uno. Les llevé al oratorio –que ya Mons. González me había dado permiso de tenerlo con el Santísimo– y les hablé de alguien muy especial y muy grande que por amor a ellos se hizo enanito y les mostré al Santísimo... desde ahí siempre iban a orar...y a ver a Blanca Nieves, jiji.


Así transcurría mi vida en la dulce intimidad del Señor, que siempre me pedía más. En su gran amor, me concedió después, como siempre sin un centavo, construir la ermita en la que vivo ahora, con otro hermoso detalle: El lugar en el que iba a construir, era el antiguo establo, como dondeErmita de Margarita mi Jesús nació. Por eso y porque desde que adopté al Niño Jesús, Él se tomó en serio y me ha mostrado muy claramente su presencia conmigo, le llamé a mi ermita: “Divino Niño Jesús”, y a todo el lugar, que tiene también una capillita y una ermita para quienes desean hacer desierto, “Nazaret”. Le llamé “Nazaret” porque después de toda esta peregrinación buscando descubrir ese algo que había en mi interior, esa voluntad de Dios para mí y cómo vivirla, aprendí a caminar en abandono en plena oscuridad, me sentía como el pueblo de Israel en el desierto, que no tenían idea de a dónde iban, ni por dónde, ni hasta cuándo se quedaban en el campamento en que estaban, sólo Dios les dirigía a través de la nube o la columna de fuego y entonces levantaban el campamento y emprendían el camino hasta la próxima señal, así lo viví yo y por eso le llamé a esa etapa, mi “Egipto”, como mi Jesús que tuvo también su Egipto y luego, pudo volver a Nazaret para su vida oculta. Nazaret es mi lugar estable ya de mi vida oculta. “Estable” entre comillas, porque Dios siempre nos puede desinstalar.


Y hablando de desinstalar, es lo primero que hizo: Yo estaba ya muy feliz, muy bien en mi soledad. Le había dicho muy claramente al señor Arzobispo, verbalmente y por escrito, que yo no quería fundar nada ni que nadie se me una, que eso no es para mí, que viviría yo mi vocación y nada más... Cuando aparece una hermanita mía muy querida y especial que fue mi compañera en el Buen Pastor, Daysy Mora, y me pide hacer un desierto, al final del cual me dice que ella desea llevar también una vida semi-eremítica. Se me juntó el cielo y la tierra y se me revolvió el estómago... Es que si tú me conocieras, te darías cuenta de que soy inapta e inepta para estas cosas. Así que evité encartarme en eso, le presenté al Obispo y le dije que llevara su vida según el Espíritu le inspire, apoyándole sin involucrarme mucho. Se consagró como eremita el 2 de febrero de 2005, aunque ya había hecho antes sus votos temporales en la Congregación.


Después de otro tiempo, aparece una amiga y vecina muy querida también, Adriana Vega, con la misma inquietud... ya la cosa se ponía más seria, y aunque el miedo se apoderaba de mí, sí tenía clara una cosa: A pesar de que soy muy miedosa y pecadora, a mi Esposo no le puedo negar nada. Adriana se entregó al Señor el 6 de agosto de 2012.


Les pedí perdón a las dos por mi falta de acompañamiento y compromiso y por dejarme llevar de mis miedos y timidez y traté de compartir un poco más con ellas el camino vocacional.


La situación tomó más forma y me vi en grandes apuros cuando me salió con la misma historia, nada más y nada menos que un sacerdote, nuestro querido Padre John, quien hacía diez años había tenido esa inquietud y se daba ya la ocasión de vivirlo. Lo está haciendo desde el 15 de junio de 2014 en su famoso Monte Tabor. Él ha sido un valioso regalo de Dios en mi vida, un grandísimo apoyo y un fuerte impulso para dejar los miedos y los escrúpulos y lanzarme a entregar lo que mi Dios ha puesto en mi interior.


Así, sin pensar, sin planear, sin diseñar nada, se fue formando una hermosa familia espiritual a la que amo entrañablemente, en la que compartimos la fe, la experiencia de Dios y vamos haciendo camino juntos, buscando su voluntad y cómo responder de la mejor manera, a lo que el Espíritu Santo nos va pidiendo, entre otras cosas,a las distintas realidades de personas que, desde su situación particular, desean vivir la esencia de esta vocación, así, hay entre nosotros quienes lo hacen de una forma bastante independiente, otros con un carisma preciso que nos identifica, otros desde su vida familiar, pero todos estamos unidos entre nosotros en la oración, el apoyo y el cariño fraterno.


De esas cosas del Espíritu, surgió también la Familia Hosanna, de la que el Señor me hizo madre, también sin pensarlo, familia a la que amo profundamente y por la que, desde mi soledad, ofrezco mi oración con inmenso amor, ustedes, queridos hermanos y hermanas de mi corazón.


Así, ya tengo 21 años de vida consagrada, de los cuales llevo ya 15 años en mi ermita. ¿Qué te puedo decir? Soy extremadamente feliz, tengo el mejor Esposo del mundo y su Amor me seduce cada vez más.


¿Cómo es un día en una ermita? Pues en realidad, no hay dos días iguales. En el desierto no existe el tiempo ni los esquemas. Sólo existe una hoguera de Amor que es el Sagrario, desde donde Jesús, el Fuego que calienta, abrasa e incendia el corazón, atrae y atrapa poderosa e irresistiblemente y donde el Espíritu Santo lleva a su antojo.

  • Sólo se necesita la docilidad de disponerse al abandono para dejarse llevar por Él a la intimidad del Amor sin barreras.

 

  • El camino es la infancia espiritual, la pequeñez, la simplicidad.

 

  • La manera es la alegría, el asombro, el dejarse amar disfrutando de cada pequeño detalle.

 

  • La actitud es la humildad, la libertad, el amor apasionado y el estar disponible para dejarse habitar.


De esta manera pasan los días dentro la eternidad de Dios, puede uno quedarse en la sola Palabra “Jesús” durante tres días sin hacer nada más, otro día se puede hacer otra forma de oración. Aquí los esquemas matan el Espíritu, se trata de dejarse llevar y hacerse ofrenda de amor en Jesús, la única ofrenda, por cada ser humano y en nombre de cada uno de ellos. Hay otros días dedicados a la atención y escucha de las personas o a ofrecer la experiencia del desierto.


Es básico en este camino la dirección espiritual para aprender a discernir lo que viene del Espíritu y lo que no, para poder llegar con certeza a donde Dios va queriendo llevar.


Mi clave: Mi Mami, la Mrgarita en la gruta de la Virgenamada Virgen María. Ella sabe muy bien y mejor que nadie, como agradar a la Santísima Trinidad, sabe también lo que mi Dios desea de mí y sabe cómo le puedo yo complacer y agradar. Su misión siempre ha sido darnos a Jesús y ayudarnos a que todos hagamos lo que Él nos diga (cfJn 2,5), entonces, quién mejor que Ella me puede ayudar a hacerlo, si Ella sabe lo que Él me dice, lo que Él quiere, Ella sabe cómo hacerlo y sabe muy bien cómo soy yo, cuál es mi ritmo, mis debilidades, mi manera. No hay mejor maestra en la vida espiritual. Por algo, Jesús en el momento más importante de la salvación, nos dejó la clave: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 27). No ha de ser de gana, Jesús sabe muy bien lo que nos da porque sabe lo que nos hará falta. Ella administra mi vida, mis decisiones, mi horario, mis planes, mi ermita y todo lo que se hace aquí, que de manera especial está entregado por los mimados de mi corazón: los sacerdotes, empezando por los más cercanos a mí y el Papa y los Obispos.Tengo un trato con Ella. Le he dicho: Mamita, Tú sabes lo que yo quiero: Amar y hacer feliz a mi Amor. Tú sabes cuáles son sus deseos y lo que le agrada, haz que yo lo haga, por favor. Yo le entrego mi vasija y mi pobre agua y Ella siempre se encarga de que mi Maridito se dé gusto haciendo sus maravillas y de que yo viva en la ilusión del primer amor cada día, en un milagro permanente, como si fuera una niña que disfruta de las pequeñas cosas en las que Dios me ama grandemente.


Te hago una confidencia: Esto suena como si viviera en una nube rosada, ¿verdad? Pues, sí y no. No, porque la cruz bendita es inseparable compañera en el camino y es precisamente la señal de estar en buen camino. No faltan luchas, tentaciones, dolores de todo tipo... Y sí, porque es precisamente el dolor el que más me ha unido a mi Esposo. Voy a decir algo que no sé si será herejía, pero he experimentado en mi vida, que hay dos maneras de comulgar: La Comunión Sacramental y el dolor. No te puedo describir con palabras y no lo quiero hacer para no profanar la experiencia, pero te invito a experimentarlo: Vive tus dolores en los de Jesús, uniéndote a su Pasión, pídele que te meta en sus llagas, en su fatiga, en su angustia, en su agonía... ¡Señor, bendito seas! ¡Gracias por amarnos con tanta pasión!
Qué más tendrá mi Señor en este camino, no sé, sólo sé que Él siempre pide más y que yo le quiero dar todo, que le amo con todo mi corazón y que Él es todo para mí.


Bueno, mi amada familia, te he abierto mi corazón y te he compartido un pequeño resumen de mi vida. Lo he escrito aquí en mi ermita, frente a mi Jesús Sacramentado, como un acto de adoración a Él, reconociendo agradecida todas las cosas maravillosas que Él ha hecho en mí, como si fuera un “magnificat”, y entregándole mi fragilidad, que es mucha, mis equivocaciones y pecados en esta historia, que también son muchos y pidiéndole que con este barro tan pequeño y lleno de impurezas pero muy enamorado de Él, Él pueda plasmar un regalo para Él en el que ponga su sello, su imagen, su gracia y su Amor, para que pueda ser para su gloria y pueda ser una herramienta en sus manos para caminar a tu lado, amado/a hijo/a de Hosanna, y sientas que estamos unidos, que también tú tienes tu propia historia de amor y salvación en la que tu Dios, que te ama, ya ha hecho y quiere seguir haciendo sus portentos, y llenando tu vida de sentido y de esa felicidad que nada ni nadie te podrá quitar. Te deseo toda la dicha y la plenitud en Él, que la amada Virgen María te cobije con su amor y te alcance todas las gracias que necesitas para que Jesús se siga formando en ti. Desde mi desierto te abrazo y te amo en Jesús y María y te regalo este momento con mi Esposo.Mi dulcísimo Jesus Sacramentado

Bendito, alabado, adorado seas mi Jesús Sacramentado, a tus pies deposito la adoración de toda mi Familia Pustinik y toda mi Familia Hosanna. Con todos ellos queremos ser una ofrenda de amor para Ti, queremos ser en Ti, complacencia para tu Padre, nuestro Padre y que ustedes se gocen en derramar su Amor en nosotros y sientan que tienen corazones abiertos y hambrientos que ansían y anhelan ser habitados por Ti.


Eres hermoso, eres nuestra delicia, nuestro Amor y nuestro todo, nuestro corazón se derrite por Ti y queremos darte adoración y gloria, unidos a toda la creación, con nuestra vida y con todo nuestro ser. Que todo en nosotros, cuerpo y alma, nuestros pensamientos, sentimientos, movimientos, nuestro descanso y actividad, todo, sea adoración para Ti que vives y Reinas con el Padre y el Espíritu Santo. Vivan y reinen en nosotros también.


Bendice a toda nuestra familia, Señor amado, y glorifícate en nosotros y de manera especial, en la vida y ministerio de nuestro Padre John, que a través de estos medios, sean muchísimos más los que se sigan enamorando de Ti y sigan entregándote su vida.
María nuestra Madre nos haga una ofrenda agradable de amor para Ti.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos, amen.

 

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