• El Monte Tabor.

rescatados

0km

Wallpapers

Cristificacin24x7

2016

Noticias

youtube1

audios2

registrate2

Siguenos en:

Pustinik

EL PUSTINIK

EL PUSTINIK

Copiado del libro “Pustinia” de Catherine de Hueck Doherty

Pustinik en ruso significa eremita y pustinia significa desierto; designa también el lugar o la ermita en la que vive el pustinik o eremita.

En general, un pustinik (el que vive en una pustinia) era el que vivía en un lugar apartado y solitario. Pustinik podía ser cualquier persona, campesino, duque, burgués, sabio o ignorante. Se consideraba como una vocación muy concreta y precisa, una llamada de Dios para retirarse al desierto a fin de orar por los propios pecados, por los del mundo, y para darle gracias por la alegría y la dicha que aportan todos sus dones.

El pustinik parecía estar siempre disponible. Había en él una graciosa hospitalidad, de modo que parecía que ninguno de los que acudían a visitarlo le molestase. Su rostro era acogedor, sus ojos parecían brillar de alegría cada vez que recibía a un huésped. Daba la impresión de ser un hombre que sabía escuchar. Un hombre de pocas palabras, pero que escuchaba con profunda atención; además daba la impresión de que entendía lo que se le decía. Era la encarnación de la oración de San Francisco: consolaba, comprendía, amaba y nunca pedía nada a nadie para sí.

También estaba disponible de otras formas. Cuando alguien en el pueblo tenía necesidad de ayuda (por ejemplo, cuando un colono o arrendatario debía ensillar su heno rápidamente ante la amenaza de lluvia) iba rápidamente a ver al pustinik. El pustinik lo dejaba todo y acompañaba al colono porque siempre estaba disponible.

Los pustinikki eran casi siempre hombres, aunque también se conoce el caso de alguna mujer. Unas veces eran célibes, otras viudos. Tampoco se trataba siempre de gentes cultas en el sentido escolástico de la palabra. Con frecuencia eran sencillos aldeanos, aunque en general ‘letrados’, es decir, que sabían leer y escribir. Incluso se podían encontrar nobles entre los staretzi –los ancianos sabios-.

Fueran quienes fueren, los pustinikki no eran necesariamente ancianos. En Rusia, el anciano o anciana, significa ‘el sabio’. No era raro que se entrara en la pustinia hacia los treinta o treinta y cinco años. Otros entraban aún mayores, alrededor de los sesenta: habían estado, pues, casados, habían criado a sus hijos, y después probaban la llamada del desierto. Pero la mayoría tenía cuando se retiraba entre treinta y cuarenta años.

La entrada en la pustinia se hacía sin grandes ceremonias. Desde una ciudad, desde la casa de un noble o de un mercader –no era cuestión de estado social– un hombre se ponía en marcha. Sólo Dios sabía por qué este hombre se lanzaba a caminar. Caminaba y caminaba nuestro hombre hasta llegar, como dicen los rusos ‘allá donde el cielo se junta con la tierra’. Partía sin ningún equipaje ni bien personal y casi siempre vestido con el tradicional atuendo de peregrino. En verano era usual una sencilla túnica de lino tejido a mano, del estilo de la que entonces llevaban las mujeres, aunque ésta caía hasta los tobillos.   Una sencilla cuerda hacía de ceñidor. Llevaba un zurrón de arpillera, un pan, sal y una cantimplora o algo por el estilo para el agua. Así se ponía en marcha el

peregrino, no sin antes haberse despedido y tomado consejo y permiso de cada uno de los de la casa o pueblo en que vivía. Algunos incluso se iban sin despedirse. Solían partir al rayar el alba o en la oscuridad de la noche, dejando recado de que marchaban en peregrinación y que acaso encontrarían una pustinia para allí orar a Dios por sus pecados y los pecados del mundo, para expiar, ayunar, vivir en pobreza y entrar en el gran silencio de Dios.

Otros pustinikki, tanto hombres como mujeres, habían sido monjes o monjas en algún monasterio u orden religiosa. Como en Rusia las órdenes religiosas son órdenes contemplativas en el sentido occidental de la palabra, estos individuos obtenían de sus abades o abadesas el permiso para ser pustinikki, residentes de la pustinia o del desierto, y como algunos de los monasterios disponían de vastos dominios, e incluso hasta en estos dominios habían lugares sin cultivar o agrestes, no resultaba difícil encontrar un sitio para construirse una pustinia o hacérsela construir si se traba de mujeres. También podían obtener el permiso de irse a buscar por cuenta propia un desierto. En este último caso, se dirigían en peregrinación hacia algún lugar santo, oraban buscando la inspiración sobre el lugar de su destino. Incluso a veces caminaban y caminaban hasta que encontraban el lugar apropiado. Había una gran variedad de pustinikki o residentes en el desierto. Las mujeres eran minoría y generalmente se hacían ermitañas en su ancianidad. (31-35)

Eran gentes que en su interior ardían por estar solos con Dios, y rodeados de su inmenso silencio. ¿Por qué anhelaban con tanto ahínco ese silencio y esa soledad? ¿Para ellos mismos? No. Según la espiritualidad oriental, este tipo de eremita entraba en la pustinia para los demás. Se ofrecía en holocausto y víctima por los otros.

La montaña del silencio de Dios –coronada por la nube de su misteriosa presencia– atraía a los futuros pustinikki de una forma irresistible, mezcla de temor y amor.

Entrar en pustinia significa escuchar a Dios. Y esto lleva consigo, aceptar la kénosis, el anonadamiento de sí. Este aniquilamiento de sí mismo, como Cristo se anonadó por nosotros, es la ascensión de esa montaña temible; hay que llegar hasta la cima, porque Dios reside en ella en medio de un silencio abrasador…

Dios tiene algo que decir a quienes llama a la pustinia, y como hacía el profeta, lo que el pustinik oye, debe proyectarlo y proclamarlo. Humana y psicológicamente hablando, el pustinik siente repugnancia por hablar, como les pasaba a todos los profetas; pero también a él se aproxima el ángel invisible y con el carbón encendido purifica su espíritu, su boca y sus labios y asiste a la marcha de este hombre o esta mujer camino de un tremendo peregrinaje.

Los antiguos peregrinos rusos sólo cogían provisiones para una sola jornada, como Cristo ordenó a sus discípulos. Por eso el primer paso fuera de sí mismo, cualquiera que fuere la morada propia, era siempre una marcha importante, pues había que abandonarlo todo; no solamente padre y madre, hermanos y hermanas, y con frecuencia también mujeres y niños, sino la vida de la propia comunidad, de la familia, de la ciudad y todas las relaciones sociales.

Se iban solos… solos a lo desconocido. Sí, así obraban los laicos, hombres y mujeres, que eran llamados a la pustinia y en ella entraban para permanecer solos, verdaderamente solos con Dios. Vaciaban su espíritu y su alma de todo lazo, relación o vínculo, a fin de que, a partir de ese momento, pudiesen sentirse unidos a todos aquellos que amaban con vínculos nuevos con mayor profundidad. Pues quienes abandonaban todo por Dios, lo recibían todo nuevamente, pero de una forma diferente.

Se podía decir de ellos que habían aprendido a un tiempo la solicitud y la indiferencia. Y desde ese momento los pustinikki vivían con todos aquellos que habían dejado tras sí. Vivían en comunión con todos los hombres en el interior del silencio de Dios. El pustinik se mantendrá siempre de pie en presencia de Dios; a los pustinik les era preciso aprender la solicitud y la indiferencia.

Pero ¿qué es el silencio de Dios, sino la palabra del Señor? El Padre habla mediante el Hijo, que es su Palabra, y el Espíritu Santo hace el eco de ambos. Tres en uno y uno en tres. Para reencontrarles, estos hombres y mujeres dejaban todo y a todos. A partir del momento en que ha sido levantada la pustinia, una vez que ellos mismos han cerrado la puerta tras de sí, no son solamente ellos quienes se encierran, sino toda la humanidad con ellos…

La pustinia no es ni oriental ni occidental, sino sencilla y llanamente cristiana. Es la eterna sed de Dios en los hombres que le buscan, sépanlo o no, como peregrinos del Absoluto.

Todo hombre es un peregrino por los caminos de la vida. Algunos, más numerosos de lo que nosotros pensamos, son como los pustinikki: verdaderos buscadores del Absoluto, de Dios. Precisamente por eso pienso que la pustinia atraerá poco a poco a muchos que buscan un lugar donde poder entrar en el silencio de Dios y reencontrar su palabra, Cristo, en soledad…

Quienes recibían esta vocación o se sentían atormentados por ella antes de comprenderla, tenían que recibir la bendición de la Iglesia. Ningún ruso sería capaz de lanzarse a peregrinar por cuanta propia; antes iba a misa, comulgaba y recibía la bendición de un sacerdote.

El pustinik y el staretz, el ermitaño, partían de la idea de que sólo existe un libro capaz de revelarnos a Dios y donde podían conocerlo. Creían que el único camino para conocer a Dios es el de acercarse a Él en humildad, sencillez y pobreza, a fin de penetrar en su silencio y una vez allí, en oración y paciencia, esperar que oportunamente se revelara el Señor. Cuando se encerraban en su soledad, los pustinikki solamente llevaban consigo un libro: la Biblia. La leían de rodillas, impermeables a las cuestiones puramente académicas, que ni les interesaban. La Biblia es para el pustinik la encarnación de la Palabra; pensaban que una vida no era suficiente para leerla, creían, con fe profunda, que cada vez que abrían el libro santo estaban en presencia de la Palabra, cara a cara con ella.

El pustinik lee la Biblia de rodillas. No con su inteligencia (de forma crítica, conceptual), pues la inteligencia del pustinik está en su corazón. Las palabras de la Biblia son como miel en su boca. Las lee con profunda fe, no las analiza. Deja que reposen en su corazón. En un día puede leer una o dos frases, acaso una página. Lo importante es conservar lo leído en el corazón como María.   Dejar que las palabras de la Escritura echen raíces en el corazón, para que después venga el Señor Dios a esclarecerlas, cosa que Dios no dejará de hacer al ver una fe tan profunda y tenaz…

Es así como el eremita, el pustinik, aprende a conocer a Dios. No aprende cosas sobre Dios, sino que aprende al mismo Dios del mismo Dios.

En el formidable silencio en que ha entrado el pustinik, Dios se revela a sí mismo ante quien espera y ansía tal revelación, sin ni siquiera aspirar a ‘rasgar la cortina del misterio’.

El pustinik gime postrado en tierra, esperando que Dios le explique, como hizo con los discípulos de Emaús, lo que Él quiera. Todo lo que sabe es que su corazón también arderá dentro de él, como les sucedió a los discípulos.

Quien responde a la llamada de la pustinia y la prefiere a todas las cosas, cuenta con la ayuda de sus semejantes. En Rusia es un gozo saber que un pustinik va a venir a habitar una pustinia abandonada o solicita ayuda para construir una. Eso quiere decir que ya habrá alguien que ore por el pueblo.

Lo más común era que el pustinik escogiera para su retiro un lugar apartado, casi siempre en el claro de un bosque. El ermitaño buscaba con tesón los lugares retirados-montañas, bosques, selvas-para encontrarse verdaderamente a solas con Dios. De este modo, al estar un tanto limitado su horizonte humano, su horizonte espiritual podía crecer sin distracción.

El pustinik proveía a su manutención. Generalmente poseía un huerto con legumbres, pescaba en algún río, cortaba leña para su estufa, y así asegurarse un invierno caliente; en fin, que se esforzaba por ganarse su propia vida.

También ejercía algún trabajo manual; por ejemplo, hacía cestos, esteras, etc.; y aunque no los vendía, los daba a quien veía que tenía necesidad. Mucha gente solía visitar al solitario. En sus casas no había picaportes ni cerrojos, a no ser para preservarse del viento. No importaba quien quisiera llamar a la puerta, ni la hora que fuese, de día o de noche, porque la pustinia no era para uno mismo, sino para los otros. El pustinik es un puente que une a los hombres con Dios y a Dios con los hombres, y Dios se sirve de él para hablar, en especial a aquellos que tienen necesidad de la limosna de la palabra de Dios, del perdón de Dios, de su ternura, de su compasión, de su comprensión y de su consuelo. ¿Quién no experimenta tales necesidades? En Oriente el pustinik es considerado como un depositario de todas estas cosas, y se va a él a buscarlas. Por eso está siempre disponible.

El pustinik debe compartir su comida con los visitantes que pueden rechazarla, pero debe ofrecérsela siempre. Quizá no tenga más que un trozo de pan, deberá partirlo en dos, o en tantos pedazos como personas haya en su casa. El segundo aspecto, pues, de esta vida tan extraña es la hospitalidad, el compartir lo que tiene, la constante postura de ofrenda. La hospitalidad significa, en primer lugar, que el pustinik no hace sino compartir lo que Dios ha puesto en sus manos vacías. Da todo lo que tiene y todo lo que es: palabras, trabajo, a sí mismo y hasta su alimento.

En Rusia creemos que si un hombre está unido a Dios debe estarlo también a los hombres, pues no hay distinción entre ambas uniones. Cristo se encarnó y se hizo hombre, y nosotros, como Él, debemos lavar los pies de nuestros semejantes, es decir, ponernos a su servicio.

No podremos orar si no estamos a disposición de los hermanos. No podemos orar a Dios, que se hizo hombre, cuando nuestro hermano padece necesidad. Es imposible. Sería hacer lo mismo que el sacerdote y el levita que pasaron sin detenerse junto al hombre que atacaron los ladrones; eso es un crimen.

A veces un pustinik pasaba un mes o seis semanas trabajando en las diferentes necesidades de los aldeanos, sin detenerse ni unos minutos, aunque seguía en la pustinia, ya que se lleva dentro del corazón. Esto es más verdad que nunca cuando se ayuda a los semejantes.

Otro aspecto de la vida del pustinik es la mortificación. El pustinik es un ser mortificado. Los rusos piensas que se deben levantar a Dios los brazos de la oración y de la penitencia. La oración que repite continuamente el pustinik es la oración de Jesús. Es libre de recitar otras oraciones, las que él quiera, como, por ejemplo, la oración ‘akazista’ a Nuestra Señora, pero la oración de Jesús es la oración típica del pustinik…

Si encontráis algún día a un ermitaño o a un pustinik que esté triste, pensad que no se trata de un verdadero ermitaño. En Rusia, las gentes más alegres, las que a los setenta años tienen ojos de niño, pletóricos de la alegría del Señor, son los pustinikki, pues quienes han entrado en el silencio de Dios están llenos de su alegría. Un pustinik triste es un hipócrita y un mentiroso. La vida de un pustinik debe ser auténticamente alegre, pero con la tranquila alegría del Señor. Tendrá ojos de niño, aunque su rostro sea el de un anciano. No se puede caer en engaño cuando se trata de realidades como la presencia del amor y de la alegría en un ser humano… (37-44)

Que vuestra pustinia sea un ‘huerto cerrado’, secreto, tranquilo, ya que se trata de un lugar consagrado, un lugar santo, en el que el alma penetra para encontrar a Dios. No se trata de un lugar de turismo ni para pasar un buen fin de semana. (54)

Quienes vivan así la pustinia habitual tendrán necesidad de otros libros además de la Biblia, pero al menos durante un año, no deben manejar otro libro. Otros tenderán hacia una forma de vida en la que mezclen acción y contemplación: el mundo tiene necesidad de las dos cosas. Habrá también quien se abisme totalmente en el silencio de Dios y en la oración… Dios suscitará hombres así, porque el mundo tiene desesperada necesidad de ellos. (59)

 

Inscripción Hogueras

hoguera4

Mama Margarita boton

Oremo por 1

 

hoguera

retirodeoracion